Samedi 21: Homélie

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La palabra de Dios hoy habla de poder, codicia, soberbia, ambición, posesión. Si habla de todo esto también es porque se refiere a nosotros, porque todo esto, está también en nosotros. Si somos humildes reconocemos que todo lo humano, todo el pecado de nuestro tiempo, está también en nosotros. Pero la Palabra de Dios habla también de los humildes, los pobres, los huérfanos… también está en nosotros la humildad que quiere que Dios pase a través de nuestra pobreza. ¿En qué consiste la humildad?, ¿consiste en estar en el último puesto?  O ¿consiste en estar en el puesto que sea de una forma determinada?  Había una canción que decía, no sabemos si seremos como un rio caudaloso, como un rio con mucha agua, que hace ruido al pasar  o si nos pareceremos a la gota de rocío que envía Dios al desierto a una planta desconocida, o si seremos como una gota de rocío que está en una planta que nadie va a ver. ¿A qué nos llama Dios? ¿Nos llama a ser un faro, una luz potente en lo alto del monte que alumbra a los barcos que navegan en el mar, o nos llama a ser como la luz de la luciérnaga?, ese gusanito pequeño que tiene una luz que solo se ve en la noche. ¿A qué nos llama Dios?, Dios nos llama a alumbrar con nuestra propia luz, a no querer ser una cosa u otra, sino a ser aquello que es auténtico y verdadero en ti. Lo decisivo, lo auténticamente decisivo es que nosotros todos caminamos en la palma de la mano de Dios, lo decisivo es que estés donde estés, pase lo que pase, te toque en el puesto que te toque estar, sientas que cada paso que des es en la palma de Dios. Cómo despertar esta consciencia en este momento. “Canta y camina” dijo san Agustín.

Os quiero regalar, os voy a hacer un regalo. (Reparte dos platos con pequeñas conchas en su interior que cada uno va cogiendo. Dice que su homilía va a ser interactiva).

En la palma de nuestra mano, como en la palma de la mano de dios, tenemos esta pequeña caracola. Una caracola que puede significar varias cosas. Yo soy de un lugar donde no hay mar en el centro de la meseta de la península ibérica, el mar quedaba muy lejos. Si teníamos una caracola grande nos decían que si la ponías en la oreja escuchabas el mar, algo es algo, y nos lo creíamos, porque un niño, con su fe ingenua, se cree todo lo que le dicen. Esta pequeña caracola en la palma de nuestra mano es una invitación a volver a la simplicidad del corazón. A recuperar la simplicidad y la sencillez del corazón. Y también, la caracola, es una invitación a la escucha atenta. Creo que algo de eso resuena en este capítulo, la llamada a la escucha atenta de lo que está ahora latiendo en el corazón de Dios, en nuestro propio corazón y en el corazón del ser humano.

Entonces acogemos esta caracola como una invitación a la simplicidad, a recuperar lo que nos hace verdaderamente humildes, y también a la escucha, hay poca gente que sepa escuchar de verdad, y vosotras os dedicáis mucho a escuchar. Esta caracola está tomada hace dos meses del lago de Tiberíades, está tomada de la orilla del lago Tiberíades donde Jesús después de resucitado se encuentra con Pedro, le mira a los ojos y le hace una pregunta. La pregunta más importante, me parece a mí. Al amanecer, a las 6 de la mañana concretamente, un grupo de peregrinos estuvimos recogiendo estas caracolas, allí donde Jesús se encuentra con sus discípulos, se encuentra con Pedro y le hace una pregunta: “Pedro, ¿me quieres, me amas?” En este momento en el que estamos, en el capítulo, en este momento de nuestra vida, de responsabilidades,  la pregunta fundamental es esta, ¿me amas? Pregunta que nos vuelve a la humildad, al lugar adecuado. ¿Me amas? La única palabra que nos descansa y nos salva tiene que ver con lo que ha dicho el Evangelio: “Este es mi elegido, mi amado, mi predilecto”. Mi elegida, mi amada, mi predilecta. En este momento de vuestra vida, donde quiera que estéis, ¿cómo acoger en lo profundo del corazón esta palabra y que sea la que realmente sostenga mi vida?, ninguna responsabilidad sino esta palabra, tú eres mi elegida, eres mi amada, eres mi predilecta. La profecía nace de aquí. Dicen que buscaban acabar a Jesús. Luego en el relato hay un punto y seguido, y continua diciendo “Él los curó a todos”. La profecía es el amor que va más allá. Acogemos esta palabra de Dios que siempre es sanadora, que nos invita a la escucha atenta del corazón de Dios. Mi elegida, mi amada, mi predilecta, vive ahí, descansa ahí, arriesga tu vida ahí.

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